viernes, 13 de agosto de 2010

Cabo rojeño: al son de la salsa, los pases de fútbol


Afuera, la acera vibra por el retumbe de la música. Las puertas se abren, y detrás de una cortina de humo, producto de los cigarrillos, aparece una multitud que corea eufóricamente: “la juma de ayer ya se me pasó, esta es otra juma que hoy traigo yo”.
De seguro Henry Fiol no tiene idea de que en un pequeño bar del centro de Guayaquil, su canción se entona con tanta pasión, y quizás, tampoco sepa que se trate del Cabo Rojeño.
“Aquí la salsa une a la gente”, comenta un bebedor emocionado, corroborando aquel dicho de que los borrachos nunca mienten.
Y es que a pesar de que las aficiones deportivas de sus dueños dividieron físicamente al Cabo en un ambiente barcelonista y otro emelecsista, cual zona neutral, las disputas por arbitrajes fallidos y malas jugadas allí no tienen lugar.
No obstante, desde que surgió el Cabo Rojeño, 27 años de tregua salsera han transcurrido.
Pero como toda historia tiene su lado oscuro, hubo un tiempo en que no todos fueron admitidos en este territorio tropical.
“No se dejan entrar a mujeres solas”. Esta era la consigna, que hace varios años atrás, llevaba un aviso que solía colgarse en la entrada.
El volumen exagerado de la música apenas deja escuchar a Yoyo Pinargote, uno de los propietarios de este sitio, para quien el motivo de la disposición era simple: “cuando entraba una chica sin pareja, los hombres la desnudaban con la mirada”, pero el letrero fue retirado cuando una periodista de un diario de la ciudad le recriminó el hecho.
Gracias a esta heroína, conocida por pocos y anónima para muchos, cada fin de semana el Cabo es frecuentado por un sinnúmero de mujeres de todas las edades, como Estefanía y Janeth, dos amigas que desde los 16 años, se reúnen allí para bailar “solas”, beber “solas”…en fin, divertirse “solas”. Hasta la fecha, ya han recorrido 35 primaveras.
Pero las féminas no son los únicos personajes que han hecho historia en el Cabo Rojeño.
El Abogado del Maní y el Cónsul de los Negros, se inmiscuyen entre la muchedumbre llevando un sombrero sobre su cabeza, que en realidad es una bandeja repleta de maní, mortadela y limón, ingredientes que para muchos resulta el piqueo predilecto en una noche de cervezas, y por supuesto, el sustento de vida de estos dos caballeros.
Aquí los populares también tienen lugar. Abdalá Bucaram junto con un Rey de la Cantera 20 años más joven, observan a la audiencia bailar. En tanto Roberto Bonafont, locuta el movimiento de los cuerpos incentivados por la música, mientras que los jugadores de Barcelona y Emelec, le hacen barra a los mejores danzantes.
Todo esto desde las paredes donde cuelgan sus fotografías, imágenes reveladas que guardan el instante cuando, en alguna ocasión, visitaron este tradicional espacio guayaquileño.
Sin embargo, todos ellos quedan opacados cuando Héctor Lavoe empieza a cantar sobre un banco de plástico, el escenario portátil de todos los artistas que brindan espectáculos en el Cabo.
Pero la verdad, aquel Lavoe no es otro que Freddy Barberán, que a diferencia del “Cantante de los Cantantes“, es el “Cantante de la Gente”.
“Yo no imito, yo actúo”, señala un tanto molesto cuando un ignorante en materia salsera le pregunta desde cuándo canta como Héctor, pero un “a los años viejo Freddy”, proveniente desde una esquina en el fondo del bar, relaja las tensiones y el repertorio vuelve a estallar.
Éxitos como “Máscaras”, “El Día de mi Suerte”, “Timbalero”, y “Hacha y Machete”, son interpretados por Freddy como si Lavoe viviera en su garganta. La algarabía no da para más.
“Viva la salsa”, dice finalmente.
El espectáculo culmina, al igual que el horario máximo para la venta de licor. En todo caso, fue tiempo suficiente para saber que nadie es guayaquileño si no ha visitado el Cabo Rojeño, ubicado en Rumichaca y Junín, donde la salsa no tiene fin.

1 comentario:

  1. Me encantó el final! Llevame al Cabo, que al parecer no soy guayaca aún! snif!

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