
Desde siempre Guayaquil ha sido cuna de grandes talentos, pero literalmente, si de dejar huellas se trata, ninguno se compara con Jorge Swett.
Y es que la ciudad entera está plasmada con su nombre a través de majestuosos murales, que además de conmover el sentido estético de muchos, son el principal sello característico de este artista guayaquileño.
En una entrevista, Swett habló acerca de su inclinación por el arte, de su sentido de justicia, y también sobre su esperanza en un futuro prometedor para las próximas generaciones de artistas.
¿Por qué decidió ser artista?
Siempre me sentí artista. Desde muy niño no me perdía ninguna exposición de pintura, y cuando veía un grupo de intelectuales yo me paraba a escuchar de qué hablaban, y así me fueron conociendo, me contagiaron, y empecé a pintar.
Pero poco a poco fue experimentando otras tendencias...
Sí, cómo se va a saber qué es lo dulce cuando no se ha probado lo que es agrio y salado.
Continuando con las tendencias, ud. también estudio jurisprudencia...
Así es, siempre me interesé por los asuntos humanísticos con un gran sentido de justicia, que me fue innato por los preceptos de mis padres y porque yo viví entre los seres que eran explotados en esa época.
¿A quiénes se refiere?
Al mundo de la población chola de Puerto del Morro, donde viví mi infancia y donde me crié con una filosofía de hermandad, de comunidad, y de amor al prójimo. Nunca fui aniñado.
Entonces ¿qué fue? o ¿qué quiso ser para ellos?
Yo quería ser una especie de Quijote, pero sin Rocinante (risas).
Independientemente del lugar, ¿logró ser un guerrero?
Siendo jovencito ayudé en la revolución del 28 de mayo de 1944.
¿Cómo?
A mi me tocó el sencillo, humilde, pero buen papel de ir a repartir cajas de balas en los comités populares. Me jugué la vida, porque cuando ya me tocó retirarme, tuve que atravesar por cortinas de balas para llegar a mi casa, donde estaba desesperada mi madre, porque como la consigna era “no le cuentes a nadie”, yo la incluí y no le dije que iba a ver una revolución (risas).
Cambiando de tema, ¿por qué se inclinó por el muralismo?
Porque participé en un concurso internacional de murales y le gané a los grandotes (risas), luego gané un concurso nacional, y de ahí en adelante ya sabe lo que pasó.
Y de todos sus murales ¿cuál es su favorito?
Me pone en dificultades, porque es como preguntarme cuál de mis hijos es mejor (risas).
Y si hablamos de la centralización de la cultura en el país.
Yo pienso que la cultura es como tratar de tomar el agua con dos manos, nadie la puede retener. La cultura no se puede quedar en un solo lugar.
Y ¿qué piensa sobre los concursos del Ministerio de Cultura?
La parte burocrática, operativa es pesada, densa, mucha técnica y la cultura no se puede tecnificar.
Entonces ¿es una traba del sistema?
Pienso que son trabas sin tener la intención de hacerlo.
Y ¿cuál sería la forma ideal para calificar los proyectos?
No soy técnico en analizar técnicas (risas).
Ahora, ¿el número de proyectos que se presentan demuestra el grado de interés de la gente por hacer arte?
Sí, demuestra la ansiedad, la necesidad de cultura.
Y en cuanto al Municipio de Guayaquil ¿es un buen gestor cultural o solo pretende serlo?
Las municipalidades no son solo para hacer rellenos y calles, también tienen que preocuparse por la gestión cultural, y la de Guayaquil sí está haciendo una buena labor de difusión.
¿Y sobre el escaso crecimiento de los movimientos artísticos de Guayaquil?
Esta ciudad crece explosivamente a 100 km por minuto, y aunque el movimiento intelectual no crece en la misma dimensión y proporción, no significa que lo esté dejando de hacer.
Entonces, ¿prevé éxitos en el futuro artístico del Puerto?
Sí, nadie debe perder la fe en su propia vida, ni en la comunidad. Hay momentos de subida y de bajada, de estancamiento que frenan el desarrollo, pero a éste siempre se lo retoma, nunca se pierde.
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